Según la encuesta ESTUDES que desarrolla el Plan Nacional sobre Drogas la prevalencia de consumo de cannabis entre los estudiantes de Enseñanzas Secundarias de 14 a 18 años publicada en el año 2023 se puede decir que está en una ligera tendencia descendente, aunque parece que tiende a estabilizarse. Si se analizan los datos pormenorizadamente se puede ver lo siguiente en relación al consumo: Alguna vez en la vida 26,2% chicas y 27,6% chicos; Últimos 12 meses 21,0% chicas y 22,5 chicos; diario en los Últimos 30 días chicas 1.0% y chicos 1.7%. años.
Los datos han sido obtenidos de:
La familia puede jugar un papel clave como modelo saludable y como factor de protección en relación con la prevención de conductas adictivas.
Las investigaciones que se han desarrollo en relación con este ámbito han arrojado datos que llevan a pensar que aquella persona que está en la etapa de la adolescencia y que convive en una familia con miembros consumidores de algún tipo de sustancia adictiva, son más proclives al propio consumo. Es decir, el impacto a la hora de servir de modelo de conducta y fomentar ciertos tipos de aprendizaje se ha demostrado como una variable poderosa a tener en cuenta. Estos datos científicos dentro del ámbito familiar nos pueden llevar a la introspección personal y a la reflexión crítica vinculada a la imagen que se quiere dar como familia y a los valores que entendemos que queremos promocionar.
Por otro lado, también, se ha mostrado que aquellas familias que son capaces de desarrollar un ambiente familiar con estas características se muestran como un factor de protección frente al consumo de sustancias:
– Expresión de afecto positivo de manera explícita.
– Comunicación cercana y asertiva, mostrando señales de escucha activa para que la persona adolescente se sienta escuchado/a.
– Fomento de la autonomía personal, promoción de recursos personales, moderación en las críticas y en la sobre exigencia.
– Existencia de normas y límites claros, que han sido consensuados con las personas adolescentes fomentando su participación en la elaboración de estos, dando el protagonismo necesario para que se sientan escuchadas e importantes en el proceso. Un proceso que si queremos optimizarlo para intentar que sea lo más exitoso posible incluye tanto la elaboración previa por la familia desde la reflexión serena, buscando lo adecuado a la edad y lo realista. También incluye un momento de escucha y negociación que permita el acercamiento de posiciones y la búsqueda de intereses y necesidades compartidas. De esta manera, el afecto explícito, la comunicación y el clima familiar positivo se combinan con el fomento de la autonomía, las exigencias de madurez y la existencia de normas de conducta claras y explicadas mostrándose todo ello como un factor de protección frente al consumo de sustancias.
– Implicación familiar en actividades de ocio saludable tanto para las personas adolescentes de manera individual como en tiempo de calidad compartido en la familia.
– Asumir un papel activo en la prevención: información, participación, conocer lo que hace, abordar el tema, aportar información sobre riesgos y fomentar una actitud crítica y responsable.
– No minimizar la conducta de consumo.
Estas familias han generado un clima familiar que promueve el que los hijos/as expongan a sus padres y/o madres sus problemas, preocupaciones y actividades extrafamiliares como algo normal.
En manos de las familias existe la posibilidad de actuar construyendo entre todos los miembros, según el rol que desempeñen, este clima que aporte un factor de protección frente a la posibilidad de desarrollo de una conducta adictiva. Frente a la realidad que presenta el consumo de sustancias y especialmente durante el periodo sensible de la adolescencia, la familia puede tomar un papel relevante a la hora de marcar pautas preventivas que actúen como factores de protección.
César Gil
Orientador Familiar del Servicio PAD

