Un mundo atrayente, lleno de: slots, cartas misteriosas, cofres botín, armas, avatares, comunidades, alianzas, chats, «robux o pavos» o dinero virtual, niveles… Con un objetivo en común, hacer que perdamos nuestro tiempo, si no lo controlamos.
Cuando un adolescente o joven juega a videojuegos, se olvida de todo lo demás. Al principio, todo empezó como un pasatiempo divertido, una forma de desconectar de las responsabilidades diarias y de las presiones escolares. Pero poco a poco, lo que era solo un rato de entretenimiento se fue convirtiendo en algo más grande, más fuerte, casi una necesidad diaria. Cada vez que enciende la consola o el ordenador, siente una emoción intensa: la adrenalina de la competición, la satisfacción de superar niveles, y la sensación de pertenecer a un grupo que comparte su pasión.
Sin embargo, esa misma emoción también lo empuja a jugar más y más. Ya no es solo por diversión, sino por la presión de seguir el ritmo de sus amigos en línea. Si no se conecta, siente que queda fuera de la conversación, que pierde su lugar en el grupo. Sus amigos comentan las partidas, los logros, las estrategias, y él teme quedarse atrás, perder esa conexión que solo ocurre en ese mundo virtual. Es como si, en ese universo digital, pudiera ser alguien más: más valiente, más rápido, más importante de lo que siente en la vida real.
Esa sensación de ser “más” lo atrapa. Cuando juega, se siente poderoso, capaz de lograr cualquier cosa. Pero fuera de la pantalla, la vida real parece más difícil, más gris. Poco a poco, los ratos de juego se alargan: empieza por la tarde, pero sin darse cuenta, ya es de noche. Su madre lo llama para cenar y él apenas la escucha. Contesta con un “ahora voy” que se convierte en media hora más frente a la pantalla. Ella lo espera, pero él sigue enfrascado en su partida, incapaz de soltar el mando porque “solo falta un poco más” para ganar, para demostrar lo que vale.
Cuando el juego ocupa cada espacio de su vida
En esos momentos, pierde la noción del tiempo. Las horas se le escapan y, cuando se da cuenta, ya es muy tarde para estudiar o para hacer los deberes. Lo que antes eran buenas notas y elogios de sus profesores, ahora son advertencias y suspensos. Los apuntes se quedan olvidados en la mochila, mientras que el teclado y el ratón o el mando se convierten en extensiones de sus manos.
Ya no sale tanto con sus amigos del barrio ni juega al fútbol o realiza otras actividades de ocio diferentes a las digitales como antes. Le gustaba dibujar y escuchar música, pero esos hobbies se han ido quedando en un rincón, tapados por la urgencia de seguir jugando. Las relaciones cara a cara también sufren. Cuando sus amigos le proponen salir a dar una vuelta o quedar para charlar, él a menudo responde con un “no puedo” o un “mejor otro día”. Se siente más cómodo hablando por el chat de voz, donde no tiene que preocuparse por gestos o miradas, donde las palabras fluyen más rápido y no hay silencios incómodos.
Aun así, sabe que algo no va bien. Cuando apaga la consola o el ordenador, el silencio de su cuarto se hace pesado. A veces, siente un vacío, una sensación de que se está perdiendo algo importante. Echa de menos la risa compartida en persona, el calor de un abrazo o las charlas sin pantallas de por medio. Pero volver a la vida real parece más complicado cuando está tan acostumbrado a refugiarse en los videojuegos.
Y, sin embargo, en el fondo de su mente, sabe que los videojuegos no son malos por sí mismos. Recuerda lo bien que se siente cuando juega un rato y luego sale a pasear o queda con sus colegas. Lo que antes le divertía, cuando lo hacía con moderación, todavía tiene ese brillo especial: la emoción de explorar un nuevo mundo, de superar un reto difícil, de compartir una victoria con sus compañeros. Pero el problema es cuando ese rato deja de tener fin, cuando el juego ocupa cada espacio de su vida.
Los videojuegos pueden ser una herramienta fantástica para aprender, para compartir y para relajarse
Pueden desarrollar habilidades como la coordinación, la rapidez mental, la creatividad. Pero como todo en la vida, necesitan equilibrio. No pueden reemplazar el contacto real, las conversaciones cara a cara, los momentos en familia, el descanso que tanto necesita su cuerpo y su mente.
Por eso, cada vez que se sienta frente a la pantalla, quiere recordarse que jugar debe ser solo una parte de su día, no todo su mundo. Que está bien disfrutar de una partida después de hacer sus deberes o de dar un paseo. Que puede poner límites y cumplirlos, aunque cueste al principio. Puede decidir que una hora es suficiente, o que después de cenar no jugará más. Porque sabe que, cuando respeta esos límites, se siente mejor consigo mismo y con los demás.
También sabe que no tiene que enfrentarse a esto solo. Puede hablar con su familia, contarles cómo se siente, aunque le cueste al principio. Puede explicarles que no es fácil salir de una partida cuando sus amigos le piden que siga, cuando siente que tiene que demostrar lo que vale. Pero que también necesita ayuda para aprender a equilibrar todo eso. Sus padres no están para prohibirle lo que le gusta, sino para acompañarlo, para escucharle y ayudarle a encontrar ese punto donde jugar sea algo positivo, no una carga.
Además, existen servicios profesionales especializados, como el Servicio PAD, que pueden acompañar y asesorar en esta tarea.
Toma el control…
Poco a poco, quiere recuperar lo que ha dejado de lado: los paseos al aire libre, las charlas con sus amigos, las cosas que le gustan y que le hacen sentir bien más allá de la pantalla. Quiere volver a reírse sin un micrófono de por medio, a sentir que puede ser él mismo, con sus defectos y virtudes, sin tener que demostrar nada.
Sabe que no será fácil, pero también que vale la pena. Porque la vida real tiene un brillo que ninguna pantalla puede igualar: el brillo de las miradas, de las sonrisas compartidas, de las pequeñas cosas que hacen que cada día sea especial. Los videojuegos seguirán ahí, y está bien que lo acompañen en su tiempo libre. Pero ahora entiende que no pueden ocuparlo todo. Se debe buscar varias alternativas de ocio saludables.
Al final, todo es cuestión de equilibrio. Los videojuegos pueden ser un aliado o un obstáculo, según cómo los use. Y él, poco a poco, está aprendiendo a encontrar ese punto donde jugar es una forma de pasarlo bien, no una forma de huir de lo demás. Donde ser él mismo, dentro y fuera de la pantalla, es suficiente. Y donde la vida real vuelve a tener el lugar que merece.
Recuerda: ¡Que hay que desconectar para volver a conectar!
Llámanos al 699 480 480 o si lo prefieres prevencionadicciones@madrid.es
Juan Carlos Banda Márquez
Educador Social del Servicio PAD

