«Hola, me llamo Antón, tengo 14 años y vivo en el barrio de Aluche. Tanto si tienes mi edad, como si eres mayor, me gustaría contarte mi historia con los videojuegos por si le puede servir a alguien.

Todo empezó con 12 años… yo era un niño alegre, me iba bien en el colegio, tenía amigos y amigas, y me gustaba jugar, leer, hacer deporte y salir al campo o hacer otros planes con mis padres los fines de semana. La situación empezó a cambiar en primero de la ESO, pasé del colegio al instituto y no conocía a mucha gente en mi clase, de repente, tenía muchos profesores diferentes, creo que uno para cada asignatura.

Al principio, en el recreo, me sentía un poco solo, pero un grupo de chicos no tardó en hablarme y preguntarme si yo jugaba a videojuegos. Les expliqué que a mis padres no les hacía mucha gracia eso de las consolas y que, aunque había oído hablar de algunos, nunca había jugado. Yo los escuchaba hablar de personajes, de partidas, de cajas botín y de rankings. A veces hablaban también de streamers que les daban consejos para jugar mejor, pero no me enteraba mucho, porque yo nunca había jugado.

Unas semanas más tarde, fue el cumpleaños de mi amigo Jaime, y nos invitó a algunos de clase a pasar la tarde en su casa. No iba a ser una fiesta de cumpleaños de niños pequeños, íbamos a pasar la tarde jugando y su padre traería pizza, nos dijo que si alguno quería se podía quedar a dormir. El cumple me pareció el mejor plan posible, además iban a ir otros chicos que aún no conocía mucho y podría ser una oportunidad para hacernos amigos.

Ahora lo recuerdo y me doy cuenta de que ese fue el origen de todo lo que pasó después. La tarde del cumpleaños de Jaime fue la mejor en mucho tiempo, nos pasamos bomba jugando a videojuegos con otros chavales/as que estaban conectados desde otras partes de España, incluso en otros países. Nos hablábamos con ellos/as, nos ayudábamos y nos picábamos… y fue tan emocionante que se me pasó la tarde en un santiamén.

No estoy seguro de si fue el juego, la compañía, las risas, la emoción… o una mezcla todos estos ingredientes los que cambiaron de forma definitiva mis intereses y lo que hasta ese momento había sido mi ocio.

Emocionado, se lo conté a mis padres, les rogué y acordamos que me comprarían la consola para reyes si aprobaba y no tuve mucha dificultad en conseguirlo.

Al principio, solo jugaba un par de horas después de hacer los deberes. Era mi forma de relajarme y de “quedar” con mis amigos.  Pero a veces los deberes me aburrían y los hacía deprisa para ponerme a jugar cuanto antes. No tardó en notarse el bajón en el rendimiento académico, y me cayó una buena bronca cuando llegaron las notas de semana santa.

Es curioso porque yo me había vuelto muy bueno y popular en el videojuego y en el instituto me iba mucho peor que en el colegio.

Empecé a seguir a streamers y a copiar sus trucos, mejoré mucho y también daba consejos a mis amigos que me felicitaban por lo mucho que había mejorado en tan solo dos meses. Me llamaban para pedirme que me conectara y jugar con ellos en equipo. Con el tiempo, empecé a dejar de jugar a otras cosas, de leer y cuando mis padres me proponían salir al campo, les ponía la excusa de que tenía que estudiar o les decía que se aburría paseando y que prefería quedarme en casa. Cada vez pasaba más tiempo en mi habitación. Mis padres a veces decían que desde el comedor se me oía gritar o incluso golpear la mesa o la pared mientras estaba jugando una partida.

El trimestre avanzaba y el verano estaba cada vez más cerca, pero yo no tenía ganas de estudiar ni hacer deberes. Estaba en clase y sólo pensaba en llegar a casa y conectarme. Prometí a mis padres que iba a aprobar todo, pero yo sabía que seguramente iba a repetir curso. Esa idea me angustiaba, pero si me ponía a jugar conseguía olvidarla.

Llegó el día de las notas y todo se vino abajo. 7 suspensos y tenía que repetir el curso. Mis padres no se lo podían creer, yo les había prometido que iba a aprobar y realmente pasaba horas en mi habitación jugando mientras ellos creían que estaba estudiando. Yo les dije que estaba muy arrepentido y que el próximo curso empezaría a estudiar desde septiembre…pero su reacción fue castigarme sin videojuegos de manera indefinida. Yo no sabía qué hacer, estaba irritable, aburrido, triste y muy muy enfadado con ellos.

Mis padres me dijeron que teníamos que ir a un sitio que se llamaba CAD, a través del Servicio PAD y que allí nos iban a ayudar a ellos y a mí. Yo no quería ir, solo quería que me devolvieran la consola y me dejaran jugar con mis amigos.

Así fue como conocí a la figura profesional de Educación Social, al principio fue raro porque me preguntaba muchas cosas, pero poco a poco fui cogiendo confianza y me explicó cómo los videojuegos se habían ido adueñando de mi tiempo hasta ocuparlo todo.

Tuvimos conversaciones muy interesantes sobre cómo era ser adolescente, sobre los riesgos de los videojuegos…, investigamos otras actividades de ocio y junto con mi familia, pudimos hacer un horario en el que, además de un tiempo para videojuegos, también entraban otras actividades como deporte, pasar tiempo en familia, leer, jugar a juegos de mesa… acordamos que este horario lo revisaríamos al empezar el curso, para integrar el tiempo de estudio y que, los videojuegos no se convirtieran en mi único interés. A mis padres les atendió otra persona, la figura profesional de Orientación Familiar, y el primer día tuvimos una cita de conjunta de presentación y encuadre del Servicio.

De esto hace ya un año, he aprobado el curso, sigo jugando a videojuegos, pero también estoy en un equipo de voleibol y quedo con mis amigos en el parque, la relación con mis padres ha mejorado y ahora me doy cuenta de que hay mucho que disfrutar más allá de las pantallas.»

Si tú o cualquiera de tus amistades se siente identificado/a con esta historia… ¡podemos ayudarte!

Llámanos al 699 480 480 o si lo prefieres prevencionadicciones@madrid.es

Carlos Javier Torrecilla Ramírez

Educador Social Servicio PAD