Las tecnologías digitales forman parte de la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes. Se utilizan para estudiar, comunicarse, jugar, crear, informarse, relacionarse y entretenerse.

Por eso, desde la prevención no tiene sentido considerar el uso de tecnología como un riesgo en sí mismo. La pregunta más útil es otra: ¿qué circunstancias pueden hacer que determinados usos se vuelvan rígidos, difíciles de controlar o empiecen a interferir con otras áreas importantes de la vida?

Responder a esta pregunta exige prudencia. No existe un único perfil de adolescente con riesgo ni una lista de características que permita predecir quién desarrollará un uso problemático. Además, redes sociales, videojuegos, mensajería, móvil e internet son entornos diferentes y no todos comparten los mismos factores asociados.

¿Qué entendemos por factor de riesgo?

Un factor de riesgo es una característica o circunstancia asociada a una mayor probabilidad de que aparezca un problema. No es una causa directa ni un destino.

Una persona puede presentar varios factores de riesgo y no desarrollar ninguna dificultad, mientras que otra puede experimentar problemas sin reunir los factores que considerábamos más evidentes.

En prevención resulta más útil pensar en la combinación entre factores de riesgo y de protección, y en cómo cambian a lo largo del tiempo y según el contexto.

También conviene distinguir entre una asociación encontrada en estudios y una relación causal demostrada. Buena parte de la investigación sobre usos problemáticos de tecnologías en adolescentes sigue siendo correlacional, aunque cada vez contamos con más estudios longitudinales.

1. Factores individuales: vulnerabilidades, no defectos personales

Algunas características individuales aparecen asociadas con mayor frecuencia a determinados usos problemáticos, especialmente en redes sociales y videojuegos. Entre ellas encontramos dificultades de autorregulación, impulsividad, búsqueda de sensaciones, algunas motivaciones de uso y determinados problemas de salud mental o malestar emocional.

Pero es importante evitar expresiones como «falta de autocontrol» o «habilidades sociales deficientes» como si describieran rasgos fijos de una persona. Son capacidades que se desarrollan, dependen del contexto y pueden fortalecerse.

  • Autorregulación e impulsividad. Tener más dificultades para detener una conducta, posponer una recompensa o cambiar de actividad puede relacionarse con ciertos patrones problemáticos, pero no explica por sí solo el uso.
  • Búsqueda de sensaciones. La preferencia por experiencias novedosas o intensas aparece en algunos estudios como factor asociado, especialmente cuando coincide con otras vulnerabilidades.
  • Motivaciones de uso. Utilizar una tecnología de forma habitual para escapar del malestar, reducir soledad, evitar problemas o regular emociones difíciles puede ser más relevante que el número de horas por sí solo.
  • Malestar emocional y salud mental. Ansiedad, depresión, estrés, baja satisfacción vital u otras dificultades pueden relacionarse con ciertos usos problemáticos. La relación puede ser bidireccional: el malestar puede favorecer determinados usos y esos usos pueden, a su vez, empeorar el bienestar.
  • Percepción de riesgo y expectativas. Considerar que una conducta no puede generar consecuencias o pensar que es la única forma disponible de sentirse mejor puede dificultar la autorregulación.

2. Relaciones con iguales y contexto social

Durante la adolescencia las relaciones con iguales tienen una importancia especial. La investigación longitudinal sobre uso problemático de redes sociales encuentra asociaciones con presión social, comparación, miedo a quedarse fuera, experiencias de rechazo y relaciones interpersonales difíciles.

Esto no significa que una persona tímida o con pocas amistades vaya a desarrollar un problema digital. Tampoco que las relaciones online sean de peor calidad por definición. Para algunas personas, los entornos digitales son precisamente una fuente importante de apoyo, pertenencia y vínculo.

  • Presión del grupo para estar siempre disponible o responder de inmediato.
  • Comparación social intensa o búsqueda constante de aprobación.
  • Miedo a quedarse fuera de conversaciones, planes o tendencias.
  • Rechazo, victimización, acoso o ciberacoso.
  • Escasez de apoyos significativos en otros contextos.

3. Factores familiares: hablar de relaciones, no de culpables

La familia puede ser un importante factor de protección, pero también forma parte del contexto en el que se construyen los hábitos digitales.

Las revisiones recientes encuentran asociaciones entre un clima familiar positivo, una buena relación entre personas adultas y adolescentes y menor probabilidad de uso problemático de redes sociales. También se han encontrado asociaciones entre conflicto familiar persistente y mayor riesgo de diferentes formas de uso problemático de medios digitales.

Esto no permite concluir que las familias «causen» el problema. Las relaciones son bidireccionales: un uso digital que genera conflictos puede deteriorar la convivencia, y una convivencia muy conflictiva puede favorecer que una persona utilice determinados entornos digitales como refugio.

  • Calidad de la relación. Sentirse escuchado, poder hablar de lo que ocurre online y disponer de apoyo favorece una mediación familiar más eficaz.
  • Normas claras y coherentes. Los acuerdos sobre horarios, descanso, espacios y responsabilidades pueden ayudar, especialmente cuando son comprensibles, consistentes y ajustados a la edad.
  • Mediación parental. La evidencia no respalda una receta única. Las restricciones pueden ser útiles en algunos contextos, pero funcionan mejor cuando se acompañan de explicación, diálogo y participación progresiva de la persona adolescente.
  • Modelado adulto. Los hábitos digitales de las personas adultas también forman parte del aprendizaje familiar. Resulta difícil pedir desconexión permanente si en casa nadie puede dejar el móvil.
  • Conflicto familiar. Un conflicto intenso y persistente puede asociarse con mayor vulnerabilidad, pero debe entenderse dentro de un sistema de relaciones y no como responsabilidad de una sola persona.

4. Escuela y otros contextos cotidianos

El contexto educativo también importa. Estrés escolar, dificultades académicas, absentismo, experiencias de acoso o una baja sensación de pertenencia pueden relacionarse con mayor malestar y, en algunas personas, con formas de uso digital más rígidas.

Pero tampoco aquí debemos confundir correlación con causa. Un uso problemático puede contribuir al deterioro académico y, al mismo tiempo, una situación escolar difícil puede favorecer un uso más evasivo de la tecnología.

Los factores protectores incluyen apoyo del profesorado, buen clima escolar, relaciones con iguales de calidad y oportunidades de participación y pertenencia.

5. El entorno digital también tiene responsabilidad

Si hablamos de prevención, no podemos colocar toda la responsabilidad en adolescentes y familias.

Las plataformas y los videojuegos se desarrollan dentro de modelos comerciales y de diseño que pueden incluir notificaciones, recomendaciones personalizadas, reproducción continua, recompensas variables, compras integradas y otras características destinadas a mantener la interacción.

La Organización Mundial de la Salud insiste cada vez más en los determinantes digitales de la salud: privacidad, diseño de plataformas, publicidad, perfilado de datos, accesibilidad y regulación forman parte del entorno que condiciona las experiencias de niñas, niños y adolescentes.

Por eso, hablar de riesgo macrosocial no significa simplemente decir que «hay demasiada tecnología», sino analizar cómo se diseñan, comercializan y regulan los entornos digitales.

No todo uso intenso es problemático

Un elemento fundamental para las familias es no identificar automáticamente tiempo de uso con problema.

La OMS ha encontrado que una parte de adolescentes mantiene un contacto online muy intenso sin presentar un patrón problemático y que, en algunos casos, ese uso se asocia con mayor conexión y apoyo entre iguales.

Por ello, además del tiempo, conviene observar:

  • ¿La persona mantiene capacidad de elección y puede dejar la actividad cuando necesita hacerlo?
  • ¿El uso interfiere de forma persistente con sueño, estudios, relaciones, actividad física u otras responsabilidades?
  • ¿Existe malestar significativo o pérdida de control?
  • ¿Se mantienen otras fuentes de ocio, pertenencia y bienestar?
  • ¿La tecnología cumple una función flexible o se ha convertido prácticamente en la única forma de afrontar emociones o dificultades?

Cuantos más factores, ¿más riesgo?

En prevención hablamos con frecuencia de acumulación de factores: cuando varias vulnerabilidades coinciden y existen pocos apoyos, la probabilidad de dificultades puede aumentar.

Pero no se trata de sumar puntos en una lista ni de clasificar a una persona como «de riesgo». Lo importante es comprender qué factores son modificables y qué protecciones podemos fortalecer.

Una buena relación familiar, apoyo de iguales y profesorado, habilidades de autorregulación, alternativas de ocio, descanso adecuado, alfabetización digital y acceso a ayuda cuando aparece malestar pueden reducir vulnerabilidad.

¿Qué pueden hacer las familias?

  • Interesarse por lo que ocurre en la vida digital sin empezar la conversación desde el juicio.
  • Establecer acuerdos y límites ajustados a la edad y revisarlos a medida que aumenta la autonomía.
  • Preguntar qué función cumple una actividad digital y cómo se siente la persona antes, durante y después.
  • Proteger el sueño y mantener oportunidades de actividad física, ocio, relaciones y participación fuera de una única pantalla.
  • Revisar también los propios hábitos digitales de las personas adultas.
  • Detectar cambios persistentes en estado de ánimo, funcionamiento escolar, convivencia o relaciones.
  • Pedir orientación cuando los conflictos se mantienen o existe pérdida de control significativa.

Prevenir no es buscar perfiles de riesgo

El objetivo de conocer los factores de riesgo no es localizar adolescentes «problemáticos» ni identificar familias «inadecuadas». Es comprender mejor qué circunstancias aumentan vulnerabilidad para poder actuar antes.

Desde el bienestar digital, la prevención combina habilidades personales, relaciones protectoras, entornos educativos saludables, acompañamiento familiar y responsabilidad de las propias plataformas y políticas públicas.

Un factor de riesgo no define a una persona. Nos indica dónde puede ser útil reforzar apoyos y oportunidades.

Desde el Servicio PAD podemos ofrecer información, orientación y acompañamiento a las familias para comprender los usos digitales, identificar posibles señales de dificultad y construir estrategias ajustadas a cada situación.

Llámanos al 699 480 480 o, si lo prefieres, escríbenos a prevencionadicciones@madrid.es.

César Gil Ballesteros

Orientador familiar del Servicio PAD