Las emociones forman parte de nuestra vida desde el nacimiento. Nos ayudan a responder al entorno, relacionarnos, aprender y orientar nuestra conducta. A medida que crecemos, vamos ampliando nuestra capacidad para reconocerlas, expresarlas y regularlas.
Existen distintas teorías sobre las emociones. Paul Ekman popularizó la idea de un conjunto de emociones básicas asociadas a expresiones faciales reconocibles en diferentes culturas, como alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa y asco, aunque la investigación contemporánea considera que la experiencia emocional es más compleja y no se limita a una lista cerrada de seis emociones.
Si pensamos en un día cualquiera, probablemente podamos identificar muchas emociones diferentes: satisfacción, enfado, alegría, preocupación, aburrimiento, ilusión o frustración. Las emociones influyen en cómo interpretamos las situaciones, en nuestras decisiones y en la manera de relacionarnos con otras personas.
Y la vida digital forma parte de esas situaciones. Un mensaje puede ilusionarnos; perder una partida puede frustrarnos; recibir un «me gusta» puede resultar agradable; una discusión en un grupo puede enfadarnos; quedarse fuera de una conversación puede generar malestar. La tecnología no crea emociones completamente distintas: ofrece nuevos contextos en los que las emociones aparecen, se expresan y se regulan.
Adolescencia: emoción, recompensa y aprendizaje
Durante la adolescencia el cerebro continúa desarrollándose y reorganizando sus conexiones. Los sistemas relacionados con la emoción, la recompensa, la motivación y el control cognitivo interactúan de manera dinámica y siguen madurando durante esta etapa y la juventud.
A veces se explica este proceso mediante tres estructuras, amígdala, corteza prefrontal y cuerpo estriado. Esta simplificación puede ser útil para empezar a entenderlo, siempre que no convirtamos cada zona en una función única.
- Amígdala. Participa, junto con otras regiones, en la detección y valoración de estímulos emocionalmente relevantes. No es «el centro de las emociones» ni se limita a activarse más durante toda la adolescencia.
- Corteza prefrontal. Interviene en procesos como planificación, regulación de la conducta, valoración de consecuencias y control inhibitorio. Estas capacidades continúan desarrollándose, pero eso no significa que adolescentes carezcan de autocontrol o de capacidad para tomar buenas decisiones.
- Estriado y circuitos de recompensa. Participan en motivación, aprendizaje por recompensa y valoración de estímulos significativos. Durante la adolescencia algunas recompensas, especialmente sociales y novedosas, pueden adquirir una relevancia particular, aunque la respuesta depende de la persona y del contexto.
Por tanto, no podemos resumir el comportamiento adolescente diciendo que «sienten más, no controlan sus emociones y buscan placer sin valorar consecuencias». La adolescencia es una etapa de aprendizaje y gran plasticidad en la que influyen el desarrollo cerebral, las experiencias, el grupo de iguales, la familia, el contexto social y las oportunidades para practicar autonomía y autorregulación.
¿Qué ocurre cuando entra en juego la tecnología?
Los entornos digitales ofrecen recompensas muy variadas: entretenimiento, logro, conexión social, reconocimiento, curiosidad, competición, creatividad o sensación de pertenencia.
Imaginemos que una persona adolescente disfruta mucho con un videojuego. Puede querer seguir jugando porque se divierte, porque está con sus amistades, porque quiere terminar una partida, superar un reto o porque allí se siente competente. Esa motivación no significa que «su cerebro no pueda parar».
Lo que sí puede ocurrir es que algunas características del juego, recompensas frecuentes, competición, progresión, interacción social o partidas difíciles de interrumpir, hagan más costoso dejarlo en determinados momentos. A ello se suman hábitos, expectativas, normas familiares, cansancio, emociones previas y el significado que tiene el juego para esa persona.
Por eso, cuando aparece un conflicto en casa, preguntar únicamente «¿cuántas horas llevas?» puede quedarse corto. El tiempo importa, pero también importa para qué se utiliza la tecnología, qué aporta, qué emociones acompaña y si empieza a interferir con el descanso, los estudios, las relaciones, la actividad física u otras áreas importantes.
No todo uso intenso es uso problemático
Pasar mucho tiempo con una tecnología no permite por sí solo concluir que exista un problema. Puede haber momentos de uso intenso vinculados a ocio, vacaciones, relaciones sociales o intereses concretos.
Desde la prevención resulta más útil observar el conjunto: si existe pérdida de control repetida, conflictos importantes, abandono de otras actividades, deterioro del sueño, malestar significativo cuando no se puede acceder o dificultad persistente para modificar el uso a pesar de sus consecuencias.
También conviene recordar que una misma tecnología puede tener efectos diferentes según cómo se utilice. Puede favorecer conexión, aprendizaje, diversión y creatividad, y también puede convertirse en una fuente de conflicto o interferencia cuando el uso pierde flexibilidad.
Las emociones digitales también se aprenden a regular
Hay que reconocer que los entornos digitales generan experiencias emocionales puede ayudarnos a acompañar mejor a adolescentes y jóvenes.
El objetivo no es eliminar emociones como frustración, enfado o excitación. Son emociones humanas. Lo importante es aprender a identificarlas, comprender qué las activa y elegir cómo responder.
Desde la familia podemos trabajar algunas preguntas sencillas:
- Identificar. «¿Cómo te sientes cuando estás jugando o cuando utilizas esa red social?»
- Comprender. «¿Qué ha pasado para que te enfades tanto?» o «¿qué era importante para ti en ese momento?»
- Diferenciar emoción y conducta. Podemos validar el enfado sin validar cualquier forma de expresarlo: «Entiendo que te moleste perder; gritar o golpear la mesa es otra cuestión y necesitamos buscar otra forma de manejarlo».
- Buscar alternativas. «¿Qué podrías hacer la próxima vez cuando notes que estás llegando a ese punto?» o «¿prefieres parar unos minutos, terminar la partida y descansar, o pedir ayuda?»
- Ampliar fuentes de bienestar. Favorecer experiencias digitales y no digitales que proporcionen disfrute, competencia, vínculo, movimiento, creatividad y descanso.
Validar una emoción no significa aceptar cualquier conducta
Esta distinción es especialmente importante en orientación familiar.
Decir «entiendo que estés enfadado» no significa aceptar insultos, golpes o incumplimientos de normas. Validar consiste en reconocer que la emoción existe y tiene sentido desde la experiencia de la persona. Después podemos trabajar límites y alternativas de conducta.
También conviene evitar intentar «cambiar» rápidamente la emoción. Muchas emociones necesitan primero ser reconocidas y toleradas. La regulación emocional no consiste en dejar de sentir, sino en aprender a responder de una manera más flexible y proporcionada.
El papel de la familia: acompañar sin convertirlo todo en una batalla por el tiempo
Las familias tienen un papel importante en el aprendizaje de la autorregulación digital. Ese acompañamiento puede incluir normas claras y ajustadas a la edad, conversaciones sobre lo que ocurre en los entornos digitales y espacios en los que las personas adultas también revisemos nuestros propios hábitos.
Además de preguntar cuánto tiempo utiliza una tecnología una persona adolescente, podemos preguntarnos:
- ¿Qué encuentra allí que le resulta importante?
- ¿Con quién se relaciona?
- ¿Cómo se siente antes, durante y después de utilizarla?
- ¿Puede dejarla cuando necesita hacer otra cosa?
- ¿Está interfiriendo con sueño, estudios, relaciones o actividades importantes?
- ¿Qué otras fuentes de bienestar y pertenencia tiene en su vida?
Estas preguntas permiten pasar del control del dispositivo a la comprensión del uso. Y comprender mejor el uso ayuda también a establecer límites más realistas y eficaces.
Una mirada de bienestar digital
Las tecnologías forman parte de la vida emocional de adolescentes y jóvenes. Pueden intensificar algunas experiencias, facilitar vínculos y ofrecer espacios de expresión, pero sus efectos no son iguales para todas las personas ni dependen únicamente del tiempo de uso.
Desde la prevención interesa ayudar a desarrollar conciencia emocional, capacidad de elección, pensamiento crítico y equilibrio entre diferentes fuentes de bienestar.
El objetivo no es conseguir que una persona adolescente deje de emocionarse ante una pantalla. Es ayudarla a reconocer qué está sintiendo, comprender qué función cumple ese entorno digital y disponer de recursos para decidir cómo quiere relacionarse con él.
La emoción no es el problema. La clave está en aprender qué hacemos con ella, también cuando aparece en la vida digital.
Si en tu familia tienes dudas sobre emociones, pantallas, videojuegos, redes sociales u otros aspectos relacionados con el bienestar digital, el Servicio PAD puede orientarte y acompañarte.
Llámanos al 699 480 480 o, si lo prefieres, escribe a prevencionadicciones@madrid.es
Margarita Iniesta Pérez
Orientadora familiar del Servicio PAD

