Si pensamos en el día a día de nuestra familia, ¿qué nos viene a la cabeza?

Es probable que se nos vengan un montón de situaciones y anécdotas, y de muy variados contenidos, tendremos en cuenta tanto inmensos momentos de felicidad, así como momentos difíciles en los que nos ha costado salir adelante. La importancia y el valor que le damos a nuestra familia, y a la vida familiar es decisiva en la felicidad del ser humano, especialmente, cuando tenemos hijos e hijas pequeños o adolescentes. El verles crecer bien y felices nos hace sentirnos muy satisfechos.  Merece la pena esta labor de educar.

¿Cuánto nos preocupan nuestros hijos e hijas y su felicidad?

Cuando son más pequeñitos/as no hemos tenido ningún reparo en prepararles tremendas fiestas de cumpleaños, hemos jugado a todo, a disfrazarnos, a tirarnos por el suelo, bailar y cantar …. Lo que sea con tal de verles felices y hacerles reír. La inmensa sensación de paz y felicidad que nos causa escuchar a nuestros hijos e hijas reír, o para descubrir una inmensa sonrisa en sus caras. Que paz sentimos cuando les vemos disfrutar de la vida y de nosotros/as, de la familia.

No queremos hijos e hijas  perfectos, queremos que sean felices. Y en la adolescencia, en muchas ocasiones, este objetivo se nos pone más difícil, pues chocamos con mayor frecuencia, porque no aceptamos con facilidad sus procesos de cambio o sus nuevos rasgos de identidad, caemos con frecuencia en criticar las cosas que les gusta, simplemente porque no nos gustan a nosotros. Tendemos a caer en “juzgar” como bueno o malo sus  preferencias porque no son las nuestras , lo que lleva a muchos momentos de choque, y a ellos y ellas a “sentirse incomprendidos”. No todo nos tiene que gustar, debemos intentar comprender y compartir los que a ellos y ellas les guste y respetarlo.

Además, no olvidemos que este tipo de preferencias, no les determina ni cómo son, ni cómo serán de mayores. Las modas en cuanto al pelo, la ropa, los accesorios es lo que usan o lo que les gusta, no lo que son.

¡¡Cuidado¡¡¡, que nuestras preferencias y expectativas no nos haga situarnos más lejos de ellos y ellas de lo que el amor que sentimos. Yo te quiero igual, pero no me gusta el tipo de música que a ti te gusta, al igual que a ti la mía, o que yo no me ponga unas botas que tú te pondrías te hace que te quiera menos. Tenemos gustos o preferencias diferentes, pero nos queremos y aceptamos incondicionalmente.

La familia cumple un papel fundamental como modelo y referente de la forma de querer, de respetarse, de cuidarse, con todo lo que tiene que ver con el desarrollo emocional del individuo.

Somos su principal apoyo cuando empiezan a ponerse en pie y a dar sus primeros pasos, nos preocupamos de que aprendan a nadar, a montar en bici, a leer y a hablar en diferentes idiomas, pero ¿les ayudamos a saber si están tristes o enfadados? A afrontar sus miedos, a expresar su enfado o su rabia sin dañar a los demás, y a relacionarse de forma saludable. ¿Somos conscientes de la enorme importancia que van a tener estas cuestiones en la vida adulta de nuestros/as  hijos e hijas?

Muchas veces en nuestra labor educativa como madres y padres, tendemos a dirigir todos nuestros esfuerzos en lograr un buen rendimiento escolar, o en establecer límites y normas que favorezcan una mejora de su comportamiento, y sin darnos cuenta nos olvidamos de la importancia de potenciar sus habilidades emocionales como parte fundamental para garantizar su bienestar psicológico. Sin duda, nuestros esfuerzos deben dirigirse a facilitar que nuestros/as hijas e hijos alcancen el bienestar, que tengan éxito en sus vidas, ósea, que sean felices.

 

María Casado Fernández

Psicóloga y Orientadora Familiar del Servicio PAD